Dejó dicho en una entrevista el
maestro Juan Carlos Rodríguez que no
sabemos ver ni leer. Los textos no se pueden leer ingenuamente línea a línea,
porque mienten. Aparentemente en algo semejante parece insistir la que,
según casi todos los suplementos literarios oficiales, ha sido la novela española
del año: Lluvia fina de Luis Landero.
Ahora ya sabe con certeza que los relatos
no son inocentes, no del todo inocentes. Quizá tampoco lo sean las
conversaciones de diario, los descuidos y equívocos verbales o el hablar por
hablar. Quizá ni siquiera lo que se habla en sueños sea del todo inocente. (p.
11), comienza la novela.
Motivo, la no inocencia de todo
relato, que se convertirá en el leitmotiv de esta reconstrucción de un drama
familiar a partir del deseo de organizar una fiesta de ochenta cumpleaños para
la matriarca de la familia tradicional. Resulta igualmente llamativo que la novela
dé por sabido (el inconsciente siempre aúlla allí, en lo que damos por sabido)
el significado de esta inocencia, grado cero del relato, y no trate en ningún caso
definirla, como la organización de quién dice y quién posee el relato. No
aclara si la inocencia inexistente la formula Freud, como parece indicar la
cita del comienzo (Psicopatología de la
vida cotidiana), pertenezca al ámbito de las intenciones subjetivas o porque se
segreguen desde y en una matriz ideológica precisa como demostró Juan Carlos
Rodríguez; no señala Luis Landero a qué se opone la inocencia o cuál es ese
supuesto grado cero del relato sobre el que se articula su inexistencia. En lo
que ahonda y en lo que Lluvia fina aparenta
una contradicción angustiosa es en la propiedad del relato y el decir tratados
como formas opuestas. Contraposición que nos ayudará a apostar por un
significado de la inocencia.
La trama es sencilla: tres hermanos,
Sonia, Andrea y Gabriel, y la madre le cuentan a Aurora, la pareja de Gabriel,
la historia de los agravios y las miserias de la familia. Los cuatro miembros de la familia depositan, invierten, sus rencores y cuentas pendientes con los otros tres. En este sentido
Aurora es la propietaria del relato. Ella
es en realidad la única dueña absoluta del relato, la que lo sabe todo, la
trama y el revés de la trama, porque solo a ella le confían y le cuentan, con
todo tipo de detalles, y sin vergüenza ni reparos, todos y cada uno de los
implicados en esta historia que empezó siendo trivial y hasta festiva y que ha
acabado en ruina y desastre, como ya intuyó ella desde el primer momento.
(p. 18)
Esta posesión curiosamente impide
a Aurora en todo momento hablar en dos sentidos: Aurora es hablada por el
narrador, mientras que el resto de personajes hablan y hablan, mediante el
estilo directo, sin cesar durante toda la novela; y, en segundo lugar, ella no
puede articular ningún relato:
Parece que la tarde se ha detenido en
una penumbra vagamente dorada. [Aurora] Sentada en su silla de profesora, un
codo en la mesa y la cara vencida sobre la palma de su mano, escucha el relato
que le va contando su memoria, retazos de pasado que no sabe cómo armar para
darles un sentido, una unidad, algo que la ayude a entender cómo ha sido su
vida y qué puede esperar ahora del porvenir. Si tuviese a alguien a quien
contarle sus recuerdos, una Aurora que la escuchara y acogiera con gusto sus
palabras, quizá lograra comprender algo, o al menos desahogarse y aliviar esta
pena que desde hace ya tiempo la carcome por dentro. (p. 109)
Aurora, en el sentido económico
del término atesora el relato: Y Aurora
escucha y calla, y comprende, y con la manera tan dulce que tiene de escuchar,
parece que alivia los pesares de todos y pacifica las discordias. (p. 87) Si Aurora tuviese alguien a quien confiarle
su historia, le contaría […] (p. 175), pero no puede el relato que le
depositan se guarda y no aparece de nuevo en circulación. Así como Marx afirma
que el tesoro se convierte en capital en el momento en que se lanza al mercado
y sus transfiguraciones, el relato que es depositado en Aurora se detiene como
en una crisis económica. Si las crisis económicas aparecen, en un primer
momento, como una acumulación infinita de mercancías que no se venden, la
detención del discurso en Aurora, el atesoramiento de todas las palabras, su
freno es la primera muestra de la tragedia. La palabra, como el capital, sólo
existe en su circulación, cuando produce beneficios.
Ahora sí se puede entender por
qué el narrador señala que Aurora ya sabe
que los discursos no son inocentes. Los discursos se lanzan, insisto, como el
capital, para la obtención de beneficios y su detención, su atesoramiento, son
formas de crisis y tragedia. La acumulación que no es incesantemente puesta de
nuevo en circulación, que no se capitaliza, nos condena a la crisis a la muerte:
todo cuanto se dice queda ya dicho para
siempre, y solo con la muerte se consuma por completo el olvido y se logra el
silencia y, con él, la paz definitiva. (p. 261) Y un poco después: Por un momento intenta perseguir y esclarecer
esas vagas intuiciones sobre los espejismos de la memoria, pero el pensamiento
da un enorme bostezo -lo siente físicamente- ante una tarea tan ardua, tan
imposible acaso. <<Estoy muy cansada>>, piensa, <<y es la
memoria la que no me deja descansar>> (p. 262). Algo que, en el caso
del relato, solo puede acabar en la otra orilla.
Apenas
terminé Retorno a Atenas de José Luis
Moreno Pestaña, comencé Lectura fácil
de Cristina Morales. En las primeras páginas de la novela se recoge una
hilarante acta de una asamblea libertaria del movimiento okupa de Barcelona.
Aunque ya tenía en mente tomar unas cuantas anotaciones sobre el ensayo de
Moreno Pestaña para mi propia militancia, la verosimilitud del capítulo de Lectura fácil ha terminado por decantar
que escriba estas líneas con mayor o, seguramente, menor fortuna.
Retorno a Atenas. La democracia como
principio antioligárquico es una lectura imprescindible; pero no, o no
exclusivamente, para la comprensión del funcionamiento de la democracia
ateniense y su relación con los movimientos populares hoy, es imprescindible
también para los militantes, como es mi caso, que se sienten concernidos por la
tradición leninista.
José
Luis Moreno Pestaña realiza un análisis de las asambleas a partir de la
incitación/disuasión a la participación que se produciría a través de tres
mecanismos: conocimiento, es decir, la función de los expertos en la asamblea;
motivación, es decir, la garantía de la palabra o de trayectoria política
dentro de la asamblea; y la moral, la eticidad que articula la participación
política. Insisto en que Retorno a Atenas
se va a volcar en los mecanismos de incitación/disuasión de participación en la
asamblea. Por eso, por ejemplo, no ahonda sobre los procedimientos de
revocación que tan centrales son para otras garantías del funcionamiento
democrático en el análisis de Marx de la Comuna parisina. Aunque en el capítulo
II, a partir de la lectura foucaultiana de Edipo
Rey, se habla del chivo expiatorio y del ostracismo.
Los
mecanismos de incitación/disuasión los analizará no exclusivamente sobre los
textos griegos sino estos junto a la lectura que de la democracia en Atenas se
realiza en Francia en la década de los setenta y ochenta por Foucault,
Castoriadis y Rancière. Este punto intermedio, el análisis de Moreno Pestaña
desemboca en las asambleas del 15M, es fundamental por dos aspectos. Por un
lado, recoge la producción de tres pensadores (sin reducirse a ellos, Retorno a Atenas recoge gran parte del
pensamiento político francés, y no sólo francés, de la época) que atravesaron
el marxismo para desembocar en otras posiciones políticas. Una relación
singular con el neoliberalismo en el caso de Foucault, la radicalización de
democrática de Castoriadis y Rancière (la parte de los sin parte). Foucault,
que pasó de un radicalismo que sobrepasaba el maoísmo en su apogeo a posiciones
cercanas al neoliberalismo, la lectura de Foucault lo que señale alguna de las
principales dificultades o tendencias aristocráticas a las que se enfrenta la
democracia, por otro.
Advierto,
antes de entrar en materia, que los elementos que abordo están terriblemente
sesgados por mi propia trayectoria militante.
Es una
constante en Retorno a Atenas el
intento de discriminar las consecuencias para la democracia de las funciones
que asuma el <<experto>>. Si el experto ocupa la posición del
gestor, aquel que sabe qué hay que hacer, elimina, dado que no cabe la
discusión, la función de la política o despolitiza la política. Retorno a Atenas retorna (perdonad el
chiste) continuamente a la máxima de que es el arquitecto quien edifica pero es
la asamblea quien decide cuántas casas hay que realizar. En este sentido, se
llega a vincular el funcionamiento ideológico de un tipo de <<liberalismo
utópico>> en el que el mercado se regularía completamente por sí mismo,
es decir, sin política, con una pulsión dentro del marxismo (de una lectura
mecanicista del marxismo, diría yo) en el que el conocimiento científico
sustituiría la democracia: no necesitamos el debate porque poseemos la luz de
la verdad científica. Así, en relación con las ideas de Castoriadis: En tal contexto la democracia puede ser un
procedimiento pedagógico, mientras las masas se habitúan a reconocer la verdad,
y los dirigentes saben mostrársela, pero es una instancia que debe desaparecer.
El marxismo continúa la idea cientificista, propia del imaginario capitalista,
de una política sobrante: son las leyes de la economía las que importan, ya sea
porque apaciguan las pasiones en las equivalencias del mercado (versión
liberal), ya sea porque propulsa la revolución (en la versión marxista).
Tendencias fuertes en el liberalismo y marxismo apuntan a la tecnocracia
sansimoniana, a su reducción a la nada del gobierno. (p. 103)
La
política sobrante en el caso del marxismo significa también que toda disidencia
política se convierte de hecho en <<objetivamente>>
contrarrevolucionaria. En cierto momento de la Unión Soviética incluso la biología
tuvo que adecuarse a una premisa de la ciencia <<marxista>>: el
caso Lyssenko. Es este mito [el del
gobierno científico] es el que permite
prescindir de la democracia. (p. 230). José Luis Moreno Pestaña es
consciente de esta consecuencia de la sustitución de la política por un
cientificismo, por ello vuelve a la Unión Soviética en el capítulo VII vinculándolo
a la moral democrática. El ethos de
la democracia ateniense sería la parresía,
la franqueza: la capacidad de decir la verdad (frente a la adulación al poder o
el miedo a su ejercicio). En este capítulo la parresía, la franqueza, la representaría Bujarin: La gente tiene miedo de expresarse, de
criticar. Si el laboratorio intelectual del centro ha sido destruido, si no
podemos debatir las cuestiones políticas más importantes de forma abierta y sin
temor, entonces el país está en peligro. [cita de Bujarin, p. 233] Bujarin,
ajusticiado en el 38 dentro de los procesos de Moscú, denuncia la encrucijada
del discurso científico y el miedo a decir la verdad política bajo el
estalinismo: la campaña de
industrialización forzosa impulsada por Stalin en los años treinta fue un perfecto
ejemplo de la creencia en que un país puede cambiarse por la acción racional de
una elite política. Los objetivos planteados eran demasiado ambiciosos y no
podían ser cumplidos. Como quienes los criticaban eran acusados de traición,
acabaron generando una cultura del miedo y la mentira […] Además de la
brutalidad de los métodos del gobierno existía un problema de orden epistémico:
no se sabía, entre la maraña de informes falsos y denuncias paranoicas, qué
estaba sucediendo. [p. 233]
Me
parece central, y aquí salgo del texto de Retorno
a Atenas, la referencia a Bujarin. La posición de Bujarin desde la muerte
de Lenin es la del mantenimiento de la NEP (industria ligera que permitiera a
los campesinos un comercio de bienes con un intercambio desigual que controlase
al mismo tiempo el enriquecimiento de los kulaks y el desarrollo urbano, convivencia
del pequeño capital privado con el control estatal de la economía…); frente a
ella la posición del grupo de oposición trotskista proponía el mantenimiento de
los precios altos para los productos industriales (un intercambio desigual
brusco que fortaleciese la ciudad y el proletariado urbano). Stalin, que hasta el
destierro de Trotski mantuvo la posición de Bujarin, viró hacia una versión
extrema de la versión izquierdista, ya que además se vinculaba con la requisa
de grano. La defensa de Bujarin es también la defensa de otro funcionamiento
del Estado y del mercado bajo el socialismo que entroncaría con la lectura
sobre la función de los expertos del capítulo III. En un sentido parecido se
mueve la última recuperación (ya ha intentado varias en distintas direcciones)
de Lenin que hace Žižek en Territorios
inexplorados.
Ya de regreso
al texto, la parresía, esa capacidad
para la franqueza, es analizada por Foucault como una forma no democrática,
sino aristocrática de funcionamiento de la misma: Las condiciones de la parresía
son muy restrictivas y pueden cancelar la legitimidad. Como esa legitimidad no
se encuentra al alcance de cualquiera, solo queda hablar con miedo,
exponiéndose al descrédito. Imponerse por la fuerza equivale a confesar la propia
impotencia. Impotencia para disputarse, en un marco abierto, el poder con
otros. Porque de facto, insiste
Foucault, en ese espacio competitivo gobiernan los mejores (caso de Pericles),
siempre sometidos no solo al riesgo de la humillación infringida por un
competidor sobresaliente, sino al ostracismo, la expulsión de la ciudad,
institución ateniense que Foucault cita sin mayores precisiones. (pp.
168-9)
Dicho de otro
modo, según Foucault, el coste de acceso a la parresía es tan alto que finalmente se impone un sesgo aristocrático
a la participación en la asamblea ateniense, que se puede leer sin dificultad
como clasista a su vez. La tesis de
Foucault de una política competitiva en la que funcionasen marcadores de clase
no tiene nada de descabellada. [p. 180] De hecho, esos costes de acceso a
la vida política son fundamentales para entender la democracia hoy, tanto la
partidista como la de los movimientos populares. Es fácil detectar dentro de una parte de los movimientos populares
procesos de colonización sectaria y de expulsión de quienes carecen de ocio,
posibilidades económicas, cargas familiares o de cliques que vuelvan
satisfactoria su participación. En la democracia representativa un grupo muy
pequeño, pero bien organizado, puede adquirir una enorme relevancia, si sabe
centrarse en los puntos sensibles de la disputa por el poder. [p. 281]
José Luis
Moreno Pestaña objeta a esta lectura aristocrática, weberiana, de la democracia
ateniense de Foucault que olvida los mecanismos que la propia democracia griega
opuso a esta tendencia dentro de su funcionamiento: desde la reforma de
Clístenes, que llega a reorganizar la clasificación de las tribus atenienses,
a, principalmente, el sorteo, la rotación y el salario.
El sorteo, la
rotación y el salario tienen la función de reducir los costes de acceso a las
clases populares, de que las trayectorias políticas no estén tan sujetas a las
lealtades que premien la adulación o el miedo ante la parresía. En términos
democráticos, incluido el sorteo, persiguen la disolución de cuantos vínculos
de privilegio puedan alcanzarse por acceso al capital político. [p. 133]
Y Retorno a Atenas nos propone la
recuperación de estos procedimientos para evitar estos mismos problemas que se
dan en las asambleas, partidos y organizaciones populares actualmente. El
desgaste de las asambleas populares nacidas el 15M puede entenderse también
como una institucionalización paralizante en Podemos, como el paso del flujo al
reflujo en los movimientos populares (explicaciones ambas con elementos válidos
pero peligrosas de caer en el mecanicismo o el fatum), pero también como un proceso de disuasión de la participación
(formas aristocráticas en el coste de acceso, privilegio de los grupos
organizados, etc.), que podrían haberse contrarrestado, como en la democracia
ateniense. Idear un dispositivo sorteado
de control de la agenda y los debates de las asambleas, o de las coordinaciones
de las asambleas, quizá pudo mejorar la calidad de los debates y del cierre de
los mismos. Pero ello hubiese supuesto disciplinar la política e intentar
liberarla de todo cuanto convierte a los debates en expresión de estados de ánimo,
o exposición de las doctrinas que cada cual, identificándolas con su biografía,
propone para la salvación de la humanidad. Sin duda, el rigor organizativo
democrático siempre solivianta a quienes rugen contra las relaciones de poder,
invocando la popularizada expresión que desgraciadamente hemos heredado de la
época ultraizquierdista de Foucault. Buena parte del arsenal procedente de la
cultura terapéutica tampoco habría encontrado curso fácil. Quienes se amparaban
en ella para sus intervenciones, también se hubieran rebelado. Y, sobre todo,
un dispositivo sorteado de control del debate dislocaría el imaginario técnico
que organiza nuestro tiempo: la idea de que el saber experto tiene soluciones
para todo, basta con seleccionarlo y encontrar a quienes, con credenciales
universitarias o sin ellas, nos lo legan sin querer obtener privilegios.
[pp. 283-4]
Estoy
completamente de acuerdo con el diagnóstico y la posible solución que propone
José Luis Moreno Pestaña. Sólo añadiría que otro coste central de acceso a la
participación política en asambleas (que afecta a trabajadores a tiempo
completo y personas -principalmente mujeres- con personas a su cargo) y es la
carencia de tiempo. Entiendo que sería central para reducir el coste de acceso
a la asamblea política (no todos somos los protagonistas de La noche de los proletarios) la
reducción drástica de la jornada laboral.
Posiblemente lo mejor del libro
de Clara Ramas, Fetiche y mistificación
capitalistas. La crítica de la economía política, sea la simetría de su
argumentación, es reconfortante y atrayente: una estructura que se abre en
ramas como un cuento de Jorge Luis Borges. Nos han gustado menos sus
traducciones del alemán: carecen de ritmo y entorpecen (particularmente cuando
traduce a Marx y Engels) la comprensión del texto. Sobre el aspecto que menos
nos ha agradado del libro tenemos poco que decir, así que hablemos del primero.
Clara Ramas primero enfrenta el dogmatismo de cuño soviético (p. 49). No
deja claro qué hace con los teóricos de la II Internacional o el propio Engels
ni si condena al infierno de la ortodoxia a toda la producción de los líderes
revolucionarios rusos y la III Internacional o, de manera más restringida, la
malformación práctica y teórica del estalinismo. Este es uno de los dos
elementos ausentes en el texto. Fetiche y
mistificación capitalistas va a evitar entrar en combates del marxismo
histórico y de estrategia política hoy. No le faltaban oportunidades, Clara
Ramas se remite a la interpretación de fetichismo de Isaak Rubin (Ensayos sobre la teoría del valor en Marx)
quien fue condenado dos veces por el estalinismo por esta interpretación de la
teoría del valor de Marx: la primera al gulag y la segunda directamente
ejecutado.
Después enfrenta y completa la
división althusseriana de la obra de Marx. Para Clara Ramas la ruptura
epistemológica que fundamenta Althusser es simplista.
Tal cual, simplista. Si bien afirma que sí se produce una ruptura con el
humanismo de la izquierda hegeliana en 1844, para ella se produce otra ruptura
con el concepto de economía política, es decir, rompe con los conceptos
neoclásicos de valor, renta, etc., en 1857 con la Introducción a la Contribución a la crítica de la economía
política. Para Clara Ramas, como para Althusser a pesar de la
diferenciación, es central la ruptura de Marx con el humanismo y con el
empirismo. La ruptura con el empirismo se produce cuando cuestiona los
conceptos propios de la economía-política (conceptos incólumes para ella, por
ejemplo, en La miseria de la filosofía (1847))
como formas de apariencia.
Así, Fetiche y mistificación capitalistas establece tres momentos en la
obra de Karl Marx: el joven Marx, Marx cuando rompe con el hegelianismo de
izquierdas (humanismo) y el Marx que rompe con las teorías de la economía
política (empirismo). Esta división tripartita está estrechamente vinculada al
concepto utilizado por Marx ausente en el análisis de Clara Ramas, con el que cerraremos
esta reseña.
La ruptura con la economía
política de Marx no sólo supondría el desarrollo de conceptos como fuerza de
trabajo o plusvalor, sino con el análisis como formas aparenciales los
conceptos propios de la economía política clásica: valor, dinero, capital, la
fórmula trinitaria. Es importante
aclarar que, para Clara Ramas, las formas aparenciales no son falsedades. No
son falsa conciencia, esta forma aparencial es esencial para el funcionamiento
del capitalismo: es absolutamente necesario que el obrero venda su fuerza de
trabajo como venta de trabajo con la forma aparencial mistificada salario para
que el modo de producción capitalista siga en funcionamiento.
Estas formas aparenciales (apariencia
objetiva) en la que se muestran las relaciones sociales esconden la
materialidad de estas relaciones (somos conscientes de que el término “esconder”
en esta explicación de la teoría de Clara Ramas sobre el concepto de apariencia la reduce hasta falsearla,
pero solicitamos indulgencia). Por ejemplo, desde la lectura de Clara Ramas, la
teoría laboral del valor no se limitaría a una cantidad de trabajo muerto
computable en horas de trabajo, sino que construiría una concepción cualitativa de la teoría valor-trabajo.
Es decir, la teoría valor-trabajo explica una relación social de producción: no
es una teoría sobre el precio natural o de equilibrio de la mercancía. La
teoría del valor en Marx no es un empirismo sobre el precio de las mercancías
(así, por ejemplo, rompe con el debate con los neorricardianos que se dio en
las lecturas empirista y neopositivista lógica de Marx en el mundo anglosajón de
Steedman a Gerald Cohen).
¿Cuáles serían las apariencias de
la economía política desentraña Marx? Aquí la dulce simetría estructural campa
a sus anchas. Por un lado, tenemos la forma valor (mercancía, dinero y capital)
y las formas que adopta el plusvalor (salario, renta y ganancia -interés); por
otro, tenemos dos formas de apariencia: fetichismo o la cosificación de las
relaciones sociales y la mistificación o inversión de la relación social que se
mantiene. No hay ninguna referencia a ello en el texto de Clara Ramas, pero el
parecido de ambas al funcionamiento de lo simbólico en Lacan es patente: la
metáfora y la metonimia son fácilmente articulables con el fetichismo y la
mistificación.
→Mercancía
Valor → Fetichismo→Dinero
→Capital
→Salario
Plusvalor→Mistificación →Ganancia e interés
→Renta de la tierra
La economía política es ciega
sobre los dos aspectos clave de la economía porque se mantendría en la
apariencia en sus dos claves: la forma valor y el plusvalor (o la posibilidad
de obtener más de lo invertido). Pero esta apariencia se constituye de manera
distinta según a cuál de las claves se adhiera.
En el valor el fetichismo actúa
mostrando las relaciones sociales como relaciones entre objetos. Esto es, las
cosifica. La teoría de Marx no establecería el valor de las mercancías por la
cantidad de trabajo fijado en ella (trabajo muerto) -lo que equivaldría a la
teoría de Ricardo-; sino que la teoría del valor mostraría la cosificación de
una relación social (trabajo abstracto). Así el problema de la transformación
del valor en precio sería un problema falso porque atendería a dos órdenes distintos
del conocimiento: el precio pertenece al mundo del fetiche, de la apariencia,
de la necesidad objetiva de funcionamiento del capitalismo, mientras que el
valor, criticado por Marx, se remite a la relación social cosificada,
fetichizada, de la producción capitalista.
Del mismo modo, analiza la
apariencia del plusvalor. No obstante, es cierto que para el concepto de
mistificación Clara Ramas recurre a más artificios filológicos porque no
aparece en los textos de Marx ningún apartado o capítulo dedicado
específicamente a ello. No es nuestra función, creo, discutir los fundamentos
filológicos de Clara Ramas -en este aspecto de persecución de la letra dejada
por Marx su trabajo es sencillamente impecable-, sino seguir un poco su
argumentación. El misticismo es una inversión apariencial de la realidad
material. Lo explicaremos con el misticismo del salario. Para la economía
política el salario corresponde al precio del trabajo, aparentemente el
capitalismo acude al mercado a comprar trabajo y paga por esa mercancía su precio,
como con cualquier otra mercancía. Sin embargo, he aquí la clave del
misticismo, la sustitución metonímica (una sinécdoque) -si siguiéramos a Lacan-,
lo que el sujeto propietario únicamente de su cuerpo vende no es su trabajo,
sino su capacidad de trabajar: su fuerza de trabajo.
Hasta aquí. No tenemos espacio
para entrar en el funcionamiento específico del fetechismo y la mistificación
en el resto de relaciones. Hemos dejado colgando el porqué de la diferenciación
con la lectura althusseriana en la división del trabajo de Marx. Althusser
divide en dos la obra de Marx desde la ruptura con el humanismo, es decir, la
centralidad la asume la lucha de clases -el proceso sin sujeto ni fines-;
mientras que Clara Ramas nos avisa de que en la Miseria de la filosofía (1847)todavía operan los conceptos de la economía política clásica y es en la
Introducción a la Contribución donde
se rompe con ella.
Nosotros creemos que esta
división es sintomática dado que le permite eludir el eje central del
pensamiento de todo el pensamiento de Marx: la lucha de clases. No sólo en la
época de La miseria de la filosofía o El
manifiesto comunista; también después, La
guerra civil en Francia (1871), sin ir más lejos. Aunque principalmente en El Capital. Cita Clara Ramas la carta de K. Marx a Brief y Engels
de 1868 en la que recoge el plan de escritura de la obra:
Finalmente,
supuesto que estos tres elementos (salario del trabajo, renta del suelo,
ganancia [interés]) son las fuentes de las rentas de las tres clases, a saber
la de los propietarios de la tierra, la de los capitalistas y la de los obreros
asalariados, llegamos a la conclusión de la lucha de clases, en la que se
descompone el movimiento y que es el desenmascaramiento de toda esa porquería.
[traducción e incisos de Clara Ramas].
Al parecer Marx consideraba
central que El Capital concluyese con
aquello que desenmascara y descompone todo el movimiento del
capital. La conclusión es la lucha de clases, no el sujeto fetichizado en sus
relaciones sociales, no el sujeto mistificado de la renta percibida. Sin
embargo, Clara Ramas no hace referencia a ella en ningún momento; la apariencia
objetiva del fetichismo y la mistificación están imbricados, así lo considera
Marx, en la lucha de clases. Aunque el capitalista y el obrero viven el
fetichismo y la mistificación, las consecuencias de esta vivencia no es la
misma. Aunque el obrero cree, de manera mistificada, que vende trabajo, el
rentista cree que el suelo produce o el prestatario cree en el capital que
produce más capital, no es igual la consecuencia para cada uno. El obrero, a
través de la forma mistificada del salario (apariencia objetiva), vende su fuerza
de trabajo mientras que lo vive como renta por su trabajo. Igual ocurre con el
rentista que considera que la tierra produce beneficios por sí y no que se apropie
de parte del plusvalor generado; o el capitalista que vive la ilusión de que el
capital se alimenta de sí mismo para aumentar. Todas estas formas mistificadas
aparecen en lugar del plusvalor: una relación social de explotación: lucha de clases.
No consideramos que Clara Ramas no
profundice y casi ni se refiera a la lucha de clases en su análisis de manera
voluntaria, quizá como nosotros ha tenido falta de espacio; pero espero que
pronto sitúe la lucha de clases en la construcción del materialismo crítico que
propone.